Relato Arquímedes - PALANCA

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ARQUÍMEDES Y LA PALANCA




Siracusa

212 a.C.


Llevaba varios días abordo, observando estupefacto como los destellos luminosos provenientes de las murallas de Siracusa incendiaban las velas de varios de los barcos de su flota. Marcelo, general de las legiones de Roma y comandante en jefe de la flota que sitiaba la ciudad, estaba ansioso por desembarcar y ocuparla, cumpliendo la misión que le habían encomendado. Siracusa se había aliado con Cártago y conquistarla era ahora una necesidad para Roma.


El general había oido hablar del anciano de Siracusa, el "briáreo geómetra", y corría el rumor por la flota de que los incendios misteriosos de las velas estaban realcionados con los destellos de las murallas y que éstos, a su vez, eran magia del anciano. Era como si el sol les mirara directamente, como si concentrara su furia en las velas. De las murallas les caían piedras enormes, tan pesadas que el general Marcelo no concebía hombre alguno que tuviera tamaña fuerza para lanzarlas tan lejos.


No eran las únicas hazañas conocidas del anciano. Se decía que había sido capaz de arrastar un barco por la playa, cargado de personas y mercancías, …con la sola fuerza de su brazo y un mecanismo extraño compuesto por una cuerda enrollada en unos cilindros. Su amigo, el segundo rey Herón, asombrado, dictó un bando que declaraba que, a partir de ese día, todo lo que dijera el anciano era verdadero. El anciano le contestó, sentenciando la hazaña, que le bastaba un punto de apoyo para ser capaz, igualmente, de mover el mundo entero.


El rey calló y sonrió, recordando tal vez aquel día en que su anciano amigo cumplió con el encargo de la corona.


- Necesito que me digas si esta corona que me ha entregado el orfebre es de oro puro, tal y como yo le encargué. Por supuesto, no puedes dañar la corona, pues lamentaría perderla si resultara ser de oro puro.

Era difícil comprobar si había otro metal menos noble aleado con el oro, y más aún si no le dejaba fundir la corona para, una vez convertida en líquido, medir el volumen que ocupaba. De esta forma, con el volumen así medido y el peso, también fácil de medir, podría dividir ambas medidas entre sí y calcular la densidad del material y compararla con la densidad conocida del oro. El volumen, el volumen, no se le ocurría cómo medirlo sin fundir la corona.


El anciano se concentró mucho en el problema, como siempre. Era de familia acomodada y podía dedicar todo su tiempo, todo él, a estos menesteres. Se olvidaba de comer e, incluso, de bañarse. Muchas veces, los sirvientes de la casa lo tenían que arrastar hasta los baños de la ciudad para sumergirlo en el agua. Ese día, la pileta estaba demasiada llena, de forma que al sumergir su cuerpo la bañera se desbordó y el agua se derramó por el suelo. El anciano se quedó paralizado, mirando fijamente a los sirvientes, paralizados y mudos a su vez y, de pronto, saltó de la bañera al suelo y echó a correr, primero por los baños, luego por la ciudad hasta su casa. Los gritos los oían todos los vecinos, pero lo que más les sorprendió era que el hombre que los profería corría tan desnudo como un bebé recién nacido.


- ¡ Eureka, eureka !


En griego, el hombre exclamaba "lo encontré, lo encontré". Una vez en casa, vestido y más tranquilo, llenó un barreño con agua hasta el borde, sumergió la corona, recogió el agua desbordada y midió su volumen, que debía coincidir con el de la corona. Una vez conocido el volumen, y el peso, un sencillo calculó le demostró al segundo rey Herón que la corona que había recibido NO era de oro puro.


El general Marcelo no dudaba que Siracusa iba a ser tomada ese mismo día y por eso había dado orden expresa de que no debían matar al anciano, sino detenerlo y llevarlo a su presencia; ardía en deseos de hablar con él de solo a solo, y tenerlo en su poder, preguntarle cómo dirigía la furia del sol y cómo era capaz de lanzar piedras tan enormes y tan lejos.


A media tarde, los legionarios ya corrían por la ciudad, matando a la gente que se resistía y a alguna que no lo hacía. Las puertas de las casas eran derribadas a patadas y sus habitantes desalojados.


En una de las casas había un anciano sentado junto a una mesita y dibujando en el suelo recubierto de arena, trazando con un palo círculos, cuadrados y rectas. Apenas reparó en el soldado mientras pensaba en el cálculo de las áreas, en las relaciones entre volúmenes de figuras geométricas que llenaban su cabeza. Al sentir que los pies del soldado le estropeaban las figuras alzó la vista y en un mal latín le espetó:


- ¡ Noli tangere circulos meos !


"No toques mis círculos". El soldado, que le había ordenado varias veces que se levantara, enfureció, alzó su espada y de un golpe acabó con la vida de ARQUÍMEDES, el anciano de Siracusa, uno de los mejores matemáticos, físicos e ingenieros de la historia, escritor de varios libros, inventor del tornillo sin fin capaz de elevar agua, de la catapulta que lanza piedras, de la polea que arrastra barcos por la arena, de los espejos ustorios (cóncavos) que concentran los rayos del sol y de LA PALANCA.


Miguel LABODIA